La semana ha tenido algo de examen final. Brasil, Serbia e Israel han votado, y Estados Unidos llega a las elecciones de mitad de mandato con el ánimo más sombrío que registran las encuestas en años. Los institutos de ideas han hecho lo que se espera de ellos: leer los resultados en caliente y decir qué está en juego.
Pero la semana deja también una pregunta menos cómoda. Mientras los think tanks diagnostican la salud de las democracias, su propia credibilidad está bajo escrutinio: quién los financia, a quién sirven y cómo hablan con un público que ya no se informa como antes.
Democracias a prueba
El retrato más completo del clima político estadounidense lo ofrece la American Values Survey que PRRI presenta cada otoño en Brookings, comentada esta vez por E. J. Dionne y William Galston. Sus más de 5.000 entrevistas dibujan un país pesimista: el 71 % cree que va por mal camino y el 58 % ve en Trump a un posible dictador cuyo poder conviene limitar. Solo la mitad confía en las elecciones, aunque republicanos y demócratas sitúan el problema en lugares opuestos. La desconfianza ya no es un sentimiento compartido, sino otra trinchera.
Parecida inquietud se vive en otras latitudes. Al día siguiente de la segunda vuelta brasileña, Marcos Falcone escribe en Cato que la democracia de Brasil está en apuros, y que lo está desde hace tiempo. Su diagnóstico no apunta al bolsonarismo, sino al Supremo: cita la decisión del juez Zanin, antiguo abogado de Lula, de alargar el horario de votación con resultados ya conocidos, y la censura judicial de redes como X. Es la lectura libertaria de la erosión democrática, que mira con más recelo a los jueces que a los populistas.
Desde Madrid, el tono es más esperanzado. Mira Milosevich-Juaristi, del Real Instituto Elcano, se pregunta si Serbia vive el comienzo de una segunda transición democrática. La Lista Estudiantil ha logrado 141 de los 250 escaños y pone fin a catorce años de hegemonía de Vučić. La analista advierte, sin embargo, de que ganar unas elecciones no es lo mismo que construir instituciones capaces de separar los poderes.
En Israel, el Israel Democracy Institute tomó el pulso a la ciudadanía nada más cerrarse las urnas. Su encuesta rápida, firmada por Tamar Hermann y su equipo, muestra que ante un bloqueo la opción preferida es repetir elecciones. Y deja un dato que resume la tensión del país: solo uno de cada cuatro judíos cree equilibrados los componentes judío y democrático del Estado.
¿Quién vigila a los vigilantes?
La Heritage Foundation quiere pasar página. Tras un año de dimisiones en su patronato y su plantilla por la polémica Carlson-Fuentes, anuncia Forum 2026, tres días de debate una semana después de las elecciones. La idea es sentar en la misma mesa a halcones clásicos, libertarios, institucionalistas, MAGA y Nueva Derecha. Que el think tank que diseñó el Project 2025 necesite ahora un foro para recomponer la coalición conservadora dice mucho de cuánto se ha fragmentado esta.
En el Reino Unido, el debate es más prosaico: el dinero y los nombres. Byline Times ha investigado a Cambridge Circus Research, un instituto aparecido en mayo que exige transparencia a las organizaciones benéficas. No tiene forma jurídica registrada, ni dirección, ni financiadores declarados, y sus autores firman con seudónimo. La plataforma Who Funds You? le asigna su peor nota. La paradoja no necesita comentario.
Desde Bruselas, Goran Buldioski propone en el European Policy Centre dar la vuelta al argumento. A Europa, dice, no le falta conocimiento sobre el iliberalismo, sino ponerlo a trabajar. Apoyado en el proyecto europeo AUTHLIB, describe a los think tanks como nodos de intercambio intelectual de un movimiento transnacional sostenido por grandes fundaciones. Y pide a institutos y financiadores que rastreen esas redes de dinero y pasen de la reacción al diseño.
La academia aporta un contrapunto útil. En Policy & Politics, Vera Axyonova estudia cómo gestiona Kazajistán el conocimiento experto. Allí el Estado no excluye a los think tanks independientes: los incorpora mediante redes informales, financiación selectiva y una participación acotada. Las crisis abren ventanas, pero se cierran en cuanto pasan. Es un recordatorio de que la captura del conocimiento no necesita prohibiciones, le basta con administrar el acceso.
Comunicar sin perder la confianza
El problema de fondo puede ser otro: que el público ya no escuche. La Fondation Jean-Jaurès publica la tercera oleada de su estudio sobre la «secesión informativa» en Francia, elaborado con L'ObSoCo a partir de 4.000 entrevistas. El 55 % de los franceses dice estar cansado de la información y uno de cada cuatro se ha desconectado. El 74 % cree que la democracia funciona mal, diez puntos más que en 2022, y el 44 % ha usado la IA para informarse en el último mes.
Las instituciones europeas ya buscan otros caminos para llegar a ese público. Stergios Fotopoulos analiza en el Wilfried Martens Centre la relación de la UE con los creadores de contenido, que siguen tres de cada cuatro jóvenes europeos. Les reconoce un alcance que la comunicación tradicional ha perdido. Pero advierte de que no deben tratarse como medios y de que conviene examinar sus vínculos comerciales y sus ambiciones políticas antes de las elecciones de 2029.
La lección vale para los propios think tanks. Si su autoridad descansa en el rigor, la tentación de ganar audiencia a cualquier precio es también un riesgo para su credibilidad. Ningún instituto lo ha formulado así esta semana, pero la pregunta queda planteada.