Un comentario a «Jurisdictional challengers», de Christopher Lubienski
Se dice a menudo, medio en broma, que la universidad responde con brillantez a las preguntas que la sociedad se hacía hace diez años. Christopher Lubienski, profesor de la Universidad de Indiana, no lo formula así, pero su último artículo, publicado en Perspective of Higher Education, podría leerse como la versión documentada y sombría de esa ironía. Su tesis es que los think tanks se han convertido en «aspirantes jurisdiccionales» —la expresión es del sociólogo Andrew Abbott—: recién llegados que disputan a las universidades la autoridad para decidir qué cuenta como evidencia en las políticas públicas. Y que, al hacerlo, han separado la influencia de la competencia.
Los datos que aporta merecen atención. Con su proyecto «Edu-Thinker», Lubienski y su equipo midieron el conocimiento experto (credenciales, publicaciones revisadas por pares, impacto de citas) y la influencia (presencia mediática, menciones en sede parlamentaria, seguidores) de 29 think tanks y 185 especialistas en política educativa de Estados Unidos. El resultado es llamativo: el Learning Policy Institute y la Brookings Institution encabezan la clasificación de conocimiento experto, mientras que el Manhattan Institute lidera la de influencia. Solo dos de los diez centros más expertos se declaran conservadores; al menos siete de los diez más influyentes lo son. El autor añade ejemplos elocuentes: el documento de prioridades de la secretaria de Educación Linda McMahon sostiene la apuesta por la libre elección de centro en cuatro fuentes, ninguna procedente de una revista académica; y el autor del capítulo educativo del Proyecto 2025 de la Heritage Foundation acabó en la Administración, encargado de aplicarlo. Su conclusión es que la «política basada en la evidencia» corre el riesgo de quedarse en mera retórica.
El diagnóstico es sólido y está bien documentado. Pero el propio estudio deja entreabierta una puerta que merece la pena explorar: la de los think tanks capaces de combinar agilidad y rigor, y la oportunidad que se les presenta allí donde la universidad llega tarde.
El reloj de la academia
Lubienski reconoce, casi de pasada, que la universidad forma parte del problema. Admite que su investigación es a menudo abstracta y sobreteorizada, que sus incentivos premian la revista prestigiosa antes que la utilidad pública y que, cuando un asunto entra en la agenda, los think tanks ya tienen expertos y propuestas en circulación mientras los académicos todavía esperan el visto bueno de su comité de ética.
No es una caricatura. Bo-Christer Björk y David Solomon calcularon en 2013 que en economía y empresa transcurren de media unos dieciocho meses entre el envío de un artículo y su publicación, el doble que en química. Daniel Hamermesh y Wesley Wilson han documentado que la economía publica casi dos veces más despacio que otras ciencias sociales comparables. Pocos gobiernos pueden esperar año y medio a que una revisión por pares les confirme si una reforma de las pensiones o un plan de vivienda tienen sentido. Cuando llega la respuesta, es posible que el problema haya cambiado de forma.
John Kingdon lo explicó hace cuatro décadas con su modelo de las «ventanas de oportunidad»: las políticas cambian cuando un problema, una solución disponible y una coyuntura política favorable coinciden durante un periodo breve. Quien tiene la solución preparada en ese momento tiene ventaja. Los think tanks están concebidos para estar preparados; la universidad, por su propia lógica interna, lo está con menos frecuencia. Ahí reside la oportunidad.
Rigor y rapidez no son incompatibles
La objeción de Lubienski es que esa ventaja se paga en calidad. Lo es en muchos casos, pero no por necesidad. La RAND Corporation —un think tank que el autor no menciona en su estudio pero que en sus investigaciones me parece paradigmático en el equilibrio que se mantiene entre rigor académico y aplicación práctica en las propuestas sobre políticas públicas— lleva desde 1948 sometiendo sus informes a revisión interna y externa, y su experimento sobre seguros de salud de los años setenta, un ensayo aleatorizado a gran escala, sigue siendo una referencia académica. La Brookings Institution aparece segunda en la clasificación de conocimiento experto del propio Lubienski. El American Enterprise Institute figura entre los cuatro primeros tanto en conocimiento experto como en influencia, y la Heritage Foundation aparece en ambas listas. Los datos no demuestran que influencia y rigor estén condenados a divorciarse; muestran que algunos centros han sabido conjugarlos.
El caso chino ilustra otra vía. Desde 2015, Pekín impulsa de forma explícita los «nuevos think tanks con características chinas», con centros como Centro de Investigación para el Desarrollo del Consejo de Estado o la Academia China de Ciencias Sociales, dotados de recursos considerables y de equipos técnicos de alto nivel orientados a problemas concretos. Su proximidad al poder plantea, desde luego, interrogantes sobre su independencia, pero confirma que los Estados buscan organizaciones capaces de traducir conocimiento en propuestas con rapidez.
Hay, además, una dimensión que el artículo apenas explora: el think tank como escuela. Muchos jóvenes con talento pueden encontrar en estas organizaciones lo que la carrera académica tarda años en ofrecerles: responsabilidad temprana, contacto con quienes deciden, exigencia de resultados y la disciplina de escribir para ser entendidos. Bien gestionados, estos centros pueden ser una cantera de analistas que después nutra a administraciones, empresas y, por qué no, a la propia universidad.
Una oportunidad con condiciones
Nada de esto exime a los think tanks de sus deberes. Lubienski acierta al reclamar transparencia en la financiación —Estados Unidos, recuerda, alberga algunos de los centros más opacos del mundo— y al advertir contra los altavoces ideológicos. La oportunidad solo es real para quienes acrediten conocimiento experto, publiquen sus métodos y expliquen quién los financia. Sin esas garantías, la agilidad degenera en propaganda.
La lección tampoco es solo para ellos. El propio autor sugiere en sus conclusiones que las universidades reconfiguren sus incentivos para premiar la investigación útil sin renunciar a sus estándares. Si lo hacen, la competencia será saludable para todos. Si no, la cómoda posición de guardianes del saber seguirá produciendo respuestas excelentes a dilemas que ya no son los de hoy.
La política basada en la evidencia necesita que la evidencia rigurosa llegue a tiempo. Los think tanks que lo entiendan, y que no sacrifiquen el rigor en el camino, tienen ante sí un espacio que la universidad, por ahora, deja abierto.
Referencias
- Abbott, A. (1988). The System of Professions. University of Chicago Press.
- Björk, B.-C. y Solomon, D. (2013). «The publishing delay in scholarly peer-reviewed journals». Journal of Informetrics, 7(4).
- Hamermesh, D. S. y Wilson, W. W. (2021). «Publishing Economics: How Slow? Why Slow? Is Slow Productive? Fixing Slow?». NBER Working Paper 29147.
- Kingdon, J. W. (1984). Agendas, Alternatives, and Public Policies. Little, Brown.
- Lubienski, C. (2026). «Jurisdictional challengers: How think tanks supplant universities in policy discussions in the United States». Perspective of Higher Education. https://doi.org/10.1016/j.phe.2026.08.003
- Medvetz, T. (2012). Think Tanks in America. University of Chicago Press.
- Newhouse, J. P. y Insurance Experiment Group (1993). Free for All? Lessons from the RAND Health Insurance Experiment. Harvard University Press.