La Fondation Jean-Jaurès, uno de los laboratorios de ideas más destacados de la socialdemocracia francesa, publicó el 21 de octubre Le retour des idées politiques, una conversación entre Renaud Large, director de su Observatorio de las Doctrinas Políticas, y el historiador de las ideas Daniel Steinmetz-Jenkins, profesor en la Universidad Wesleyan. El diálogo recorre el renacimiento ideológico que vive Occidente desde mediados de la década de 2010: la llamada internacional nacionalista, el debate sobre la abundancia, el ascenso de los Democratic Socialists of America o el modelo chino.
Entre todos esos asuntos hay uno que interesa especialmente a quien estudia los think tanks: por qué las ideas que han transformado la política en las últimas décadas han surgido, sobre todo, de la derecha.
La respuesta de Steinmetz-Jenkins es tan sencilla como reveladora. Desde Reagan, recuerda, el Partido Republicano ha cultivado la fama de ser el partido de las ideas, y las dos grandes rupturas de la economía política estadounidense desde el New Deal, el reaganismo y el trumpismo, vinieron de ese lado. El centro demócrata, en cambio, se ha mostrado reacio a cuestionar lo que tiene por dogmas de la racionalidad económica y política.
Lo ilustra con las memorias de Obama, que se describe como conservador «por temperamento, si no por visión». Ese instinto prudente, institucional y alérgico a la ruptura, concluye el historiador, acabó cediendo a la derecha el terreno de las ideas.
Por qué la izquierda ignoró a los think tanks
Aunque Steinmetz-Jenkins habla de Estados Unidos, su diagnóstico vale para buena parte de Occidente, porque el modelo de think tank que describe es anglosajón y se ha exportado al resto del mundo.
Leído con perspectiva histórica, confirma una tesis que explica la geografía de estos centros. Desde los años setenta, con el Estado de bienestar consolidado y el predominio de gobiernos socialdemócratas y socialcristianos, la izquierda no necesitó levantar institutos de investigación propios: diseñaba las políticas públicas desde dentro, cómoda en el entramado institucional.
El pensamiento liberal y conservador, excluido de las administraciones y más vinculado a la empresa y a círculos de poder ajenos a la política, se vio obligado a construir fuera una alternativa para producir ideas y llevarlas a la agenda pública.
No partía de cero. Centros más antiguos, como el American Enterprise Institute o el Institute of Economic Affairs, fundado en Londres en 1955 por el empresario Antony Fisher, habían preparado el terreno.
Sobre esa base surgió en los setenta una nueva generación de think tanks liberales y conservadores, más activistas que académicos: la Heritage Foundation (1973) y el Cato Institute (1977) en Estados Unidos; el Centre for Policy Studies, creado en 1974 por Keith Joseph y Margaret Thatcher, y el Adam Smith Institute (1977) en el Reino Unido.
Su modelo era combativo, ágil y emprendedor: no se limitaban a investigar, sino que colocaban sus propuestas en la prensa, en los partidos y en los parlamentos.
Ese modelo viajó después por todo el mundo. En 1981 Fisher fundó la Atlas Network para replicar el esquema del IEA en otros países, y tras la caída del comunismo la expansión fue masiva: de una quincena de centros a mediados de los ochenta, la red ha pasado a agrupar a cerca de seiscientas organizaciones en más de cien países.
La entrevista muestra que la lógica sigue vigente. Según Steinmetz-Jenkins, la derecha se ha movido con más soltura fuera de las instituciones académicas, a las que atribuye una estructura conservadora, casi aristocrática, poco compatible con el ritmo de las redes y del ciclo informativo.
Los círculos que unen la Hungría de Viktor Orbán con la derecha estadounidense y diversos movimientos europeos entendieron que la universidad era terreno hostil y levantaron alternativas: think tanks, medios independientes y centros como el Mathias Corvinus Collegium. Hoy esas redes financian incluso programas de educación cívica en grandes universidades norteamericanas. Es el mismo gesto de los años setenta, ahora al servicio de una derecha mucho más radical: quien no está dentro construye fuera.
La asignatura pendiente de la izquierda
La izquierda, admite el entrevistado, ha tardado más en adaptarse, en parte porque creyó que internet sería su aliado natural, un espacio igualitario donde sus mensajes circularían solos.
Por eso propone dejar de lamentarse y preguntarse qué sería un equivalente progresista del Mathias Corvinus Collegium o qué exigiría hoy una estrategia gramsciana en la era digital. Reconoce que la financiación es un obstáculo real, porque la derecha cuenta con mecenas como Peter Thiel o Elon Musk, pero insiste en que también falta imaginación institucional.
Que esta reflexión aparezca en las páginas de la gran fundación socialista francesa tiene algo de examen de conciencia. Mientras gobernó o compartió el poder, la izquierda pudo prescindir de un ecosistema externo de producción de ideas, porque el propio Estado le servía de laboratorio. Se olvidó de que también necesitaba think tanks y ha tardado demasiado en reaccionar.
Por eso parece ir por detrás en la batalla de las ideas, sobre todo en esta última etapa, en la que una eclosión de think tanks y grupos de ultraderecha ha logrado copar el discurso público entre los más jóvenes gracias a las redes sociales y a no poca manipulación intelectual. Recuperar la iniciativa exigirá algo más que lamentarlo: dinero, sí, pero sobre todo la imaginación institucional que reclama Steinmetz-Jenkins.
Referencia
Steinmetz-Jenkins, D. y Large, R. (2026, 21 de octubre). Le retour des idées politiques. Fondation Jean-Jaurès.